martes, enero 7

Nombrándonos

Cruzo la calle y tu puerta de entrada finge no reconocerme, pero igual, entro. Siento el perfume de una palabra tuerta que me piensa, la noto y la reconozco, no grito porque tengo que reservar mi voz. Bajo la almohada encuentro una dirección mal escondida y agarro (justo a tiempo) la última letra de tu apellido que intentaba suicidarse por la ventana. Cierro los ojos, no necesito ver más. Así, a oscuras, intento sentirme en casa y recuperar la sensación de propio. Entonces, escucho tu mano escribiendo una carta jamás enviada, y toco tus ojos negros lastimándome, como si me hubiera equivocado de casa, o hubiera olvidado tu nombre y el mío de nuevo.

5 comentarios:

  1. querida, me has dejado impresionado. "tus ojos negros lastimándome"

    admiro tu forma de escribir

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  2. la cantidad de veces en las que queremos gritar y no podemos es infinita.

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  3. Creo que se siente una indescriptible desesperación cuando no nos reconocemos uno al otro. Y no sé si eso tenga vuelta atrás.
    Un abrazo!

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